"Síndrome de la Pitufina"

Alfredo Trujillo Betanzos

"Síndrome de la Pitufina"

CORREDURÍA A FONDO

La Correduría Pública y el “Síndrome de la Pitufina”

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“La vida me enseñó que los déspotas trataban distinto a los iguales, pero los tiranos, trataban igual a los desiguales.” Epitafio hallado en una tumba abandonada, del viejo cementerio de Egotopía

Todos aquellos que hayamos nacido antes de los noventas y que tuvimos una infancia alejada de las modernas tecnologías, conocemos la historia de aquellos simpáticos personajes de la caricatura producida por Hanna-Barbera, basada en la historieta del dibujante belga Peyo, llamada “Los Pitufos”, en la que aparece una linda chica llamada Pitufina.

Pitufina, como todos sabemos, fue creada por el malvado Gárgamel, usando algo tan simple y simbólico como la arcilla, y un hechizo que la convirtió en un ser malvado y carente de prudencia, con la única finalidad de que utilizara sus encantos para despertar en los pitufos los celos, la envidia, y finalmente, la competencia entre ellos, asegurando con su conducta reprobable, el que no pudieran trabajar y vivir en su tradicional cordialidad, llevándolos de esta manera, a la destrucción de la aldea.

El villano, siempre acompañado de su maléfico gato Azrael, la dejó de manera estratégica en el bosque, y fue Pitufo Fortachón quien la llevó a la aldea pitufa, donde desde el primer día de su llegada, hizo travesuras de tal magnitud, que en poco tiempo se ganó la animadversión de todos los pitufos. El sabio y bondadoso Papá Pitufo se apiadó de la suerte de Pitufina, quien en el fondo quería ser como el resto de los pitufos, convirtiéndola en la hermosa Pitufina que ella anhelaba ser.

Debemos tener presente, que ella era distinta a los demás pitufos, ya que no hablaba lenguaje pitufo, pues sus palabras eran más parecidas a las de un humano; tenía rasgos infinitamente más delicados que los de los demás, con su cabello rubio ondulado y largo, así como pestañas largas en unos ojos de niña; y por si esto fuera poco, utilizaba un coqueto vestido blanco y tacones altos del mismo color. En síntesis, ella era evidentemente diferente a los demás pitufos, pero como hemos dicho, no obstante lo anterior, su único deseo era ser igual a ellos.

Es aquí donde radica la tragedia del viejo Gárgamel. Siempre me he imaginado a este personaje en un parlamento shakespeariano, similar al del judío Shylock en el Mercader de Venecia; y así, veo al viejo hechicero en una fría noche de invierno, con la mirada puesta en ningún lado, sentado junto a su caldero, mientras Azrael lo acompaña en silencio, murmurando frente a su derrota final: “I am content”.

¿Cuál fue el error de Gárgamel? Aparentemente todo lo había hecho de acuerdo a su plan maléfico. El hechizo había resultado, Pitufina empezó realizando su cometido tal cual habían sido las órdenes de su creador; sin embargo, nuestro triste personaje, no contó con una peculiaridad inserta en lo más profundo de su creación. Él podía hacerla distinta y darle todas las herramientas posibles para que cumpliera su cometido, pero no previó que ella, lo único que quería, era ser igual a aquéllos de quienes era tan distinta; pero aun así, pese a toda la magia de Papá Pitufo que era la autoridad pitufesca y a que los demás pitufos la trataran igual, incluso pese a sus deseos... siempre sería distinta a los demás miembros de la aldea, aun cuando ella en todo momento se enojara, cuando alguien se atrevía a mencionar sus diferencias.

Así, al final, la derrota es para los dos; para quien la creó distinta con una finalidad, sin tomar en cuenta lo que ella en verdad quería y para ella que se creía igual, siendo distinta. No se puede hacer distinto a quien se siente igual, pero tampoco debe sentirse igual, quien es distinto.

Esta vieja historia de mi infancia viene a cuento, porque cada vez que en una plática o en un foro alguien me cuestiona respecto al pobre avance que la correduría pública ha tenido a largo de estas dos décadas, a partir de su reforma estructural en la ley del 92, yo les pido que piensen en la historia de Pitufina, pues si comprenden la tragedia del personaje, han entendido el problema de nuestra institución.

Algo extraño ha ocurrido, digno de un profundo análisis de mercadólogos o psicoanalistas. Pocas profesiones tienen tantas facultades como la de la correduría pública, lo que me ha llevado a concluir, que físicamente es imposible que una persona pueda dedicarse a todas las facultades que la ley le otorga y/o reconoce; y sin embargo, la correduría pública no ha podido desarrollarse. Basta salir a la calle y preguntar a la gente si saben lo que es un corredor público, para comprobar la hipótesis.

Autor: M. en V. I. I. Alfredo Trujillo Betanzos
Socio Director de TB&A

"Síndrome de la Pitufina"

Segunda parte.

Hemos llegado al absurdo de que siendo la esencia o razón de ser de un corredor público el ser auxiliar del comercio, la correduría pública no aparece de manera significativa en asociaciones y cámaras de comerciantes, ni tiene una colaboración de importancia a nivel institucional con los organismos públicos o privados que auxilian a los empresarios.

Además de lo anterior, el desarrollo de la doctrina de la correduría pública ha sido realmente incipiente, y las pocas obras que hay sobre ella, solo se ocupan de la fe pública, que no es ni la más importante, ni la más amplia de sus facultades. Asimismo, la relación numérica de corredores por población es de 1 corredor por cada 275,000 habitantes, lo que se traduce, en menos de 20 corredores públicos por cada año de vigencia de la Ley Federal de Correduría Pública.

Pero ¿qué pasa?, ¿cuál es la razón de este pobre desempeño?, parafraseando la frase atribuida a Churchill, puedo afirmar que nunca una institución con tanto, ha hecho tan poco. En mi opinión, la respuesta la encontramos en lo que con la falta de formalismos que me caracteriza, he decidido llamar “Síndrome de Pitufina”.

El gran problema que ha tenido la correduría pública como institución es que en el inicio de su nueva faceta, al amparo de la actual ley, no hubo una reflexión interna sobre sí misma. Una reflexión que la hiciera mirarse en el espejo y saber quién era.

Se cuenta que, en el templo de Apolo en Delfos, se hallaba inscrito el aforismo "Conócete a ti mismo”. La frase se refiere al ideal de comprender la conducta humana, la moral y el pensamiento, mediante un autoanálisis, ya que el comprenderse uno mismo, implica el comprender a los demás también y viceversa, sabiendo que somos todos pertenecientes a la misma naturaleza. Por eso, el entender el verdadero significado de la frase, conlleva inevitablemente a verse uno mismo como ser humano ante la verdad, que es lo que es, y así descubrir nuestras miserias, y el cómo nos engañamos y mentimos para alimentar nuestro sufrimiento interno.

Este aforismo es una invitación a una mirada introspectiva que nos lleve a detectar nuestras carencias y defectos; y mantener prudencia en el manejo de nuestra lengua. Una llana y sincera capacidad de autocrítica para ver nuestras virtudes y debilidades.

La correduría pública debió analizarse a sí misma, debieron empezar a surgir estudios, conferencias y debates sobre cuál era su esencia, abandonando por completo el miedo a la verdad. El corredor público estaba en la necesidad de comprender que aun cuando compartía ciertas facultades con el notariado, no era ni sería nunca un notario; que la disposición legal que le daba facultades amplísimas en la valuación, no lo convertía per se en un valuador; y que tampoco un artículo de la Ley lo transformaba en árbitro.

El corredor público tiene puntos de convergencia con los notarios, con los valuadores, con los árbitros, con los abogados corporativos y con los asesores comerciales en general, pero no debe nunca confundirse con ellos, ya que es un corredor público, tan simple y profundo como ello.

No importa si uno comercializa un bien o un servicio, el principio es el mismo. Se debe conocer a plenitud a la competencia, debe uno ponerse en sus zapatos, pero esto es para vencerlo, no para intentar ser igual a ellos, pues ese sueño, está destinado al fracaso.

Una vez dicho lo anterior, debo aclarar mis ideas para evitar que se me malinterprete. El “Síndrome de Pitufina” explica lo que ha ocurrido hasta el día de hoy en la correduría pública; sin embargo, estoy convencido de que en los últimos años, ha habido un cambio muy importante. Los jóvenes corredores públicos que se han incorporado en este tiempo al foro, así como los aspirantes a corredores públicos y abogados interesados en la materia que he conocido en los cursos que imparte la firma TB&A, no sueñan con ser otra profesión, sino que quieren ser corredores públicos, con las facultades que la ley les reconoce, y convencidos de que es en ellos, donde descansa el futuro de la correduría pública. Es por y para ellos, que escribo estas líneas.

Audentes Fortuna iuvat.

 

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